Jorge Luis Borges y la poesía

Por Giselle Lucía Navarro

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La poesía estuvo en la vida de Jorge Luis Borges desde muy temprano y, a decir del propio escritor, se encontraba más como ser que siente y padece en sus versos que en su prosa, destacando que era en sus poemas donde arrojaba esos sentimientos y expresiones más puras e íntimas.

Su poética, que contempla alrededor de una docena de poemarios, marca un buen comienzo con Fervor de Buenos Aires, publicada en 1923. Posteriormente nacerían otros como Luna de enfrente (1925), Cuaderno de San Martín (1929), El hacedor (1960), El otro, el mismo (1964), Elogio de la sombra (1969), El oro de los tigres (1972) y Los conjurados (1985). El mayor valor de sus versos radica en todo lo que sugiere, todo lo que oculta detrás de la sencillez de sus palabras, en las que, con una actitud profundamente filosófica, se dibuja la existencia. Según Borges, la función del poeta es representar ciertas eternidades o constancias del alma humana, algo que él logra como nadie.

Unos versos que asoman fácilmente a los ojos del lector, con un discurso claro, fluido, pero que demanda de este una exquisita sensibilidad para poder penetrar en su universo, llegar hasta el interior de un hombre que escribe desde la contemplación de sí mismo a través de la memoria y los sentidos que ha tenido que agudizar debido a su ceguera. En su discurso cada palabra es exacta, sin disfraz, con olor a nostalgia, un equilibrio sustentado sobre el pasado y los recuerdos.

Buenos Aires: una ciudad que refleja al poeta

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La ciudad y el espacio adquieren una nueva connotación en su obra. Para el escritor, Buenos Aires es un espejo, un rostro, un impulso, casi un álter ego. La observa como si observase a Borges desde una escala que trasciende a la diminuta fracción del cuerpo. Es casa, remanso espiritual, luz, oxígeno, reposo y tormento, su vigilia, aun cuando se encuentre lejos regresará a ella en su palabra, como un niño al pecho de su madre. Buenos Aires podría ser una especie de conciencia para el poeta.

Detrás del corpus poético de sus versos la ciudad es un esquema que retrata al propio Borges: su alegría, sombra, muerte, sentir… Al mismo tiempo, es consciente de que Buenos Aires lo sobrepasará en el tiempo, y que es díficil de retratar y poseer en un puñado de frases. Su palabra refleja ese constante redescubrimiento del mundo a partir del recuerdo. Los recuerdos como un mundo interior que crece en su cabeza e hilvana con desbordante y vívida imaginación. Lo cotidiano, los actos citadinos, las calles, gestos, verjas, el tango, el olor, la tierra… nos narra el mundo como una dimensión basada en la acumulación y lo efímero, lo apresurado de la vida.

Las temáticas en la poesía de Borges

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Un tema recurrente en su poesía es el diálogo entre la vida y la muerte. El tiempo, lo irreal, lo vivido, el insomnio, la sombra y lo humano, son puntos claves que nos permiten descifrar su lenguaje metáforico. Observamos a un hombre que es consciente de su propia finitud, pero prevé la permanencia de lo humano, común para cada individio y al mismo tiempo único para cada uno. Ese rejuego con los límites temporales lo va a diferenciar de sus contemporáneos, con una palabra en la que el tono metáfisico se irá haciendo cada vez más palpable. Escribir para él es una forma de burlar el tiempo y reinventarse.

La naturaleza, el agua, el aire, la noche, las ciénagas… aparecen en sus versos como un reflejo del tiempo, del ciclo de las cosas, del movimiento, elementos que nos muestran lo natural de la muerte, lo eterno de la creación. El poeta quiere prolongar esa partida, esa transformación que se produce tras la muerte, quiere aprovechar el tiempo al máximo, volcar todo su interior antes de que llegue el momento inevitable.

Su evocación hacia lo criollo, lo argentino, los temas típicos e inquietudes de su tierra, podría dar la visión de Borges como un poeta local, pero todo ese retrato interior de su ciudad va siempre plasmado desde el rostro de un individuo cualquiera. Es cierto que muchos de los paisajes e imágenes que recrea solo pueden ser comprendidos en su totalidad por aquellos que compartan esas visiones y hayan sentido a Buenos Aires, pero no le resulta difícil llegar a la sensibilidad de cualquier lector, nacido en otro rincón del planeta. Dibuja una parte para reflejar la totalidad. Todos las rostros que refleja en su ciudad, todas las dolencias e inquietudes que explora dentro de sí mismo son las del ser humano, en cualquier tiempo o país, de ahí lo universal de su palabra.

Un escritor de exquisita sensibilidad

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A veces el cuerpo del poema es una introducción que nos recrea una atmósfera, la sensación necesaria que nos permitirá vislumbrar eso que nos confiesa en los últimos versos, a modo de cierre. Domina a la perfección los finales, aunque en cada poema el final es un principio que nos sugiere todo un universo.

En sus libros también hay un diálogo con otros poetas, en lo que encuentra cierta inspiración o complicidad, como es el caso de Walt Whitman, Stevenson o Kipling. La poesía es en Borges un estado de creación eterno. El individuo es mortal, efímero, pero la palabra se reinventa, es circular, nace y muere cada día. Como diría en uno de sus versos “La poesía vuelve como la aurora y el ocaso”. 

Es un hombre sincero, que se rige por sus impulsos, a veces se burla de sí mismo, a veces lo invade una profunda ansiedad o una calma terrible, pero lo cierto es que su mente nunca se detiene, nunca queda en silencio. Su ceguera le abre otras puertas, otras sensaciones que invaden interrogantes, deseos, su necesidad de tiempo, su percepción de Dios, de lo inevitable.
En su poesía está el Borges desnudo, están sus ojos, su sensiblidad, su amor más verdadero, las cosas que realmente lo conmueven, todo aquello que se pega en su interior y lo envuelve, lo consume y le da aliento. Esa pasión por los libros, esa lealtad con lo sincero y su exquisita sensibilidad expresiva lo convirtieron en uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.

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