Literatura cubana en el siglo XIX

La literatura cubana ha creado un mundo con esencia propia. Considerada una de las más relevantes en el ámbito de la lengua española, se ha orientado sistemáticamente a la afirmación de ideas y formas renovadas frente a experiencias personales y situaciones sociales desafiantes y ha configurado un espacio privilegiado en el que confluyen los mitos de Orfeo, Filoctetes y Prometeo; el primero por su significado de restitución espiritual; el segundo, de equilibrio vital y el último en su sentido de donador, de suministrador de información, proporcionador de luz intelectual y personificación del genio rebelde de los creadores. El poeta cubano Roberto Manzano afirma en su poema “La insólita presencia” que: “La poesía no es la vida, pero es su más honda cisterna, su museo más extenso y su atalaya más alta”; definición que destaca la capacidad de la literatura de ser reserva espiritual y cultural del hombre, de tener una profunda capacidad reflexiva y mirar más allá de los límites corrientes de la observación cotidiana.

Un brevísimo repaso por su desarrollo destaca la relevancia y prolijidad de obras y creadores.  La génesis se reconoce en la obra Espejo de paciencia (1608), un poema épico-histórico, cuyo autor, Silvestre de Balboa Troya y Quesada, narra el secuestro del obispo fray Juan de las Cabezas Altamirano por el pirata Gilberto Girón y su posterior rescate por los vecinos de Bayamo. Uno de los méritos de  la obra es la presencia temprana de lo cubano en dos aristas fundamentales: la diversidad de la composición étnica y la naturaleza de la Isla, dos elementos que acompañan nuestra expresión literaria a lo largo de su evolución. 

La literatura como reflejo de la conciencia nacional

Durante el siglo XIX  la literatura elevará su rango y calidad artística y favorecerá  la cristalización de la conciencia nacional que adquirirá forma definitiva en la lucha por la independencia en la segunda mitad del siglo. La literatura
cubana  tendrá, como idea vertebradora, el deseo de servir, de tomar conciencia por los problemas coloniales y sus urgentes reformas o cambios radicales. A ello contribuyeron filósofos e historiadores como Félix Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero que prepararon la generación de la independencia.

Momento relevante de este siglo lo forjó el Romanticismo con la figura, entre otros,  de José María
Heredia, padre de la poesía cubana, partícipe de la condición primera del ser romántico: crisis con su medio, inconformidad con el tiempo y la sociedad en que vive y profundo eticismo, y Gertrudis Gómez de Avellaneda, madre de la poesía cubana, cultora  del teatro y precursora de la novela latinoamericana.  En este siglo la narrativa insular cuenta con autores como Cirilo Villaverde y Anselmo Suárez y Romero, quienes produjeron obras de hondo significado a partir de la plasmación de los problemas de la sociedad cubana, incluyendo las costumbres,  la descripción de sucesos contemporáneos,  el gusto por la ambientación local, el detalle minucioso, la reproducción del lenguaje coloquial y familiar de giros nacionales, así como la denuncia de la esclavitud y sus consecuencias, aspecto apreciable en novelas como Francisco, de Anselmo Suárez y Romero, y Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde.

La figura insigne de José Martí en la literatura cubana

Figura descollante de la poesía fue Julián del Casal. Su obra se desplaza de una realidad caracterizada por la
vulgaridad, el caos y la dureza que rechaza, crea hermosas y profundas visiones poéticas donde evoca un mundo interior, pleno de colorido, musicalidad y tristeza refinada. Pero es la figura de José Martí la más destacada en el siglo
XIX cubano. Martí se consagró a la liberación multilateral del hombre. Estaba enraizado en el pensamiento cubano decimonónico de profunda vocación humanista e ilustrada. Su capacidad de discernimiento y su innata vocación por el conocimiento le permitieron apropiarse de los mejores avances de la cultura en el siglo XIX, no solo cubano y latinoamericano, sino universal. Martí humanista, pensador, poeta, orador, maestro, periodista, abogado, diplomático,
crítico de arte, innovador literario, político, traductor, dramaturgo, revolucionario, nos lega una monumental obra: lírica, narrativa, dramática, epistolar, testimonial, sin dejar de mencionar sus lauros en la oratoria, el  análisis político, el periodismos, el ensayo,  la crónica, según las necesidades expresivas de sus variadas y profundas funciones, tareas y
deberes. Confió en la bondad de los hombres como un don que se construye desde la propia acción.

Por: Dr.C. PT. José Emilio Hernández Sánchez.

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