Historias de vida en un libro para niños

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Por Odalys Calderin Marín

Las Delicias era una fabulosa casa quinta de madera y pisos coloniales
frente a la bahía. Allí  vivió el
Gnomo de mi libro rodeado de fantásticas
 criaturas que en las noches se escondían
debajo de nuestras camas y sujetaban a la luna para que mis primos y yo lográramos
soñar con viajes, amigos y aventuras. Siempre al levantarme escuchaba los
gorriones que tenían ubicados sus nidos en los dobles forros de  maderas tejidas traídas  desde el norte en un gran barco. Las grandes
puertas del comedor hexagonal se abrían  para dejar escapar el olor de los exquisitos
dulces de mi abuelo. Desde allí  se podían
ver los canteros de margaritas, rosas  y tulipanes
colmados  de mariposas que competían con  la laboriosidad y antigüedad  de las abejas que años tras años laboraban
para regalarnos  su miel, tan esperada,
que un gran amigo nos obsequiaba en 
espléndidos panales. Era divino entonces saborear  esa miel que corría caprichosa por barbillas,
manos y ropas antes de guardarlas en pomos mágicos para  hacer los  pudines más gigantes de nuestros sueños.

El vínculo real con los
personajes del libro

Siempre quise llamarme Azul, como tributo a la inmensidad de aquel océano  que solo bastaba asomar la nariz desde una de
las casi veinticinco ventanas que había en mi casa. Con solo abrirlas  llegaban con urgencia: olores a delfín, tiburones,
algas, pulpos, calamares, cangrejos que aunque eran mi delicia colmaban mi
olfato y me provocaban una coriza que hacía llorar a mis claros ojos. Entonces mi
abuela adorada traía corriendo un candelabro o un incienso  para que soportara el aire frio  que se pegaba a mi cama.

Cuando el malecón de la bahía se llenaba del bullicio mis primos, hermanos
aportaban lo suyo,  y en la reja de mi
casa ya esperaban Ton y Angustia para juntos irnos a la escuela. Al atardecer regresábamos
con la misma alegría y entrábamos todos al parque de nuestro jardín charlando y
 corriendo a alcanzar columpios. Siempre había
uno que se quedaba observando en la esquina, escondía sus increíbles juguetes
para que nadie se los quitara. Así surgió entonces en mi mente el personaje de
Tacañín,  a quien siempre incitaba para
que se nos uniera. Él con esfuerzo dejaba su bici sola y como por azar mi
perro  Blanco alzaba su pata sobre una de
sus ruedas y lo aleccionaba con esta travesura por no compartir.

Una infancia inolvidable en
un libro infantil

Aparece en el libro esa etapa de mi inolvidable infancia, llena de las
historias que nuestro abuelo nos hacía en las noches cuando las estrellas  devolvían princesas, piratas, abrazos. Los
personajes y páginas de este libro rinden  tributo a una familia feliz en la que hasta hoy
protegemos la amistad y el amor. Los relatos los llevarán  a protagonizar aventuras, a cruzar con o sin
miedo nuevos caminos para salvar a una madre, ayudar a un amigo o devolver la alegría  a una niña que  perdió a su padre y solo la cautiva la cosecha
de las flores, pero que logra con sus amigos ver nuevamente el arcoíris. También
quiero que los niños tengan  un libro
para que interactúen con los cuentos luego de leerlos, que coloreen personajes,
jueguen, escriban cartas a sus familias o emails  diciéndoles cuánto las extrañan y aman. Deseo
también aprendan que la naturaleza nos protege y que los animales pueden convertirse
en nuestros salvadores. La experiencia de mis años de profesora de Lengua
Española  me permitió crear para el libro
ejercicios que pueden hacer en compañía de sus padres, amigos  y maestros, con ellos podrán desarrollar
habilidades en la compresión textual.

El Gnomo de Las Delicias me acompaña cada instante de mi vida haciendo
travesuras y regalando el don de la esperanza. Él me susurra historias y cuando
estoy triste, en invierno, me saca de la cama, juntos andamos las ciudades,
cruzamos los mares, buscamos amigos olvidados en internet y corremos  bajo la lluvia para llevarle a Tacañín, a
Angustia, a Ton y a Azul el pedazo  de pastel
que él mi Gnomo dejó tras la puerta.


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