Confesiones de un poeta

Por: Ernesto Fundora Hernández.

Aun reconociendo que siempre la
poesía es algo más de lo que nos proponemos por medio de su resonancia psíquica, sensible
y metafísica,  su finalidad se extiende
hacia latitudes que ni siquiera nuestro espíritu logra descifrar. Aceptemos que
todo libro parte de una tesis central o de sucintas ideas medulares, pero que en
silencio, pretende allanar el camino de la  comprensión cuando consigue la propositividad
heterológica. En este caso, La acrobacia del salmón, como un poemario ansioso de meandros, no descarta la existencia
de un cause fundamental pero, en torno a este eje o afluencia centrípeta,
gravitan también otros grandes asuntos o campos temáticos que le dan
una unidad conceptual y le atomizan el sentido casi a un rango cuántico.

El hombre no rige su destino aunque
le hace modificaciones parciales. Su voluntad, que puede ser también su terquedad,
lo empuja hacia horizontes que amplifican su existencia, pero que no modifican
la hipertelia marcada por las causas de causas, mapa sideral, guión  prefijado, Samsara, codificación matemática de
nuestros pasos. Por eso celebro el heroísmo estoico del salmón. A contracorriente,
obedece al destino pero emprende esta marcha que le impone y exige una
épica singular, una argucia cargada de sorprendentes vicisitudes, una esgrima
entre el guión prefijado por los dioses ¿el destino?, y lo aleatorio de su
puesta en escena. Vivir implica un reacomodo a perpetuidad que se teje entre
dos aguas: obediencia y rebeldía, o lo que es lo mismo, aceptar el llamado
teleológico y provocar la azarosa eventualidad, aquilatar el factor del cambio.

 

El
extraordinario oficio del poeta

Hay un mundo otro, no percibido,
apenas insinuado a través de los muy bajos y altos registros. Nosotros
somos, si acaso, roedores intermedios.  Lo invisible, lo mistérico que aflora a partir
de la intuición poética – ese tercer brazo de las cosas- exige de alguna esgrima virtuosa para
alcanzarlo, de sublime excitación para dejarse tentar y consolidar cercanías.
Nosotros, el hombre, esa  hormiga
sideral, opera inconsciente, apenas a tientas, apenas sospecha ese magma
fecundo. Lo intuye, lo intenta desgranar pero se le escapa con esa vertiginosidad
imposible de comprender por medio de nuestra consciencia. A la vez se trata de
una información que se pone en evidencia, que se insinúa en señales, atisbos,
minucias, sutiles destellos, epifánicos susurros, sueños, pero que solamente toca
a la puerta de quienes saben mirar con la más profunda inocencia. Diría que corresponde
al poeta, de entre todos los guerreros de la tribu humana, perseguir en
cacería tortuosa estos remanentes fantasmagóricos, estas súbitas alocuciones,
estos saltos cuánticos que, cual felinos espantados, nos desordenan la psiquis
pero que engrandecen nuestra curiosidad, proveyendo de mejor sentido y
mutabilidad la evolución cognitiva de la especie.

 

Un
enfoque hacia la felicidad

Estamos demasiados
atolondrados por el pasado, imbuidos por los registros históricos, cuando
deberíamos enfatizar nuestra avidía en los registros akáshicos, en los campos
morfogenéticos. Hay una abrumación de datos estorbosos en nuestra mente,
atiborrada por una epicidad pretérita, por un espíritu prometeico y competitivo
que,  calcificado, ya empieza  a entrar en desuso y a dejar un lastre
petrificador. La historia de la alegría y de la paz interior del hombre no han
sido bien contadas. Toda forma de representación artística, teatral o
literaria, apenas enfatiza los dramas y tragedias universales. Pareciera como
si hubiésemos venido a este plano de existencia a excitar el dolor y el thanatos, y no a consolidar un plan de
gracia cósmica enfocado hacia el placer, la felicidad, lo brioso de caminar con
vigor sin necesidad de dejar la huella acuñada por la sangre.

 

El
propósito subliminal del libro

Creo que La acrobacia del salmón, es un reclamo de Update social,
un ansiolítico  civilizatorio. Este
poemario aspira y plantea un borrón y cuenta nueva, un desechar los lastres y
taras secularizadas por la memoria y el sentimiento trágico de la vida. Sugiere
además, aprender a vivir planteándose metas, pero aprendiendo a fluir a merced
de la deriva cósmica, navegando sin soltar el remo, pero dispuesto a redimir
nuestra consciencia de todo lo que nos oprime, llámese el poder, la historia, los
tabúes o los límites que impusieron nuestros ingenieros biológicos. En ese
salto vertiginoso, en esa acrobacia desmedida y a contracorriente típica del
salmón, se resume una parábola humana a favor de la excelencia. Allí, sutilmente
manifiesta y a la vez en acción vertiginosa, reside la verdadera redención del
ser, la develación del gran secreto, una maniobra libertaria de impecable tesón
donde hacemos link, donde nos religamos inmersos en los predios
de un proyecto galáctico mayor que apenas recientemente, se  nos insinúa.

Que seamos una especie desdichada, lo demuestran
disímiles y tortuosos desaciertos, incluso, el gravamen que destila nuestra ansiedad
poética, versificar la nada, urdir con suave rumor la tan ansiada dicha.

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