La verdadera historia detrás de la novela Estocolmo

La historia de la novela Estocolmo comenzó cuando
estudiaba letras, a principios de los setenta. En ese entonces, contaba entre
mis amigas a dos muchachas de una facultad científica (las llamaré “S” y “T”).
Graduados, las perdí de vista durante unos cuarenta años. Un día “S” me
localizó e intentamos reatar la relación de los tres.

“S” llevaba casada algo más de treinta años, tenía dos
hijos residentes en el extranjero, y abandonó su profesión para atender un
próspero negocio asociada con su marido, quien por entonces se encontraba en el
exterior; esto último nos permitió extensas charlas sobre nuestras respectivas vidas,
impensables con él presente, pues era, según ella, “un poco celoso”, ¡hasta de
sus amigas!

Me comentó que “T”, en cambio, iba por su tercer
matrimonio; no la criticaba por ello, pero opinaba que esas rupturas pudieron
evitarse si hubiera sido menos testaruda. Lo sentía, porque “T” era una de sus
pocas amigas, y la más fiel.

“S” había llegado a ser una profesional bien
conceptuada, pero se refería a ello restándole importancia. En cambio, elogiaba
mucho a su marido, un ingeniero que nunca llegó a graduarse, pero muy
inteligente y emprendedor, y que en medio de inmensas dificultades había
levantado el negocio y lo llevaba adelante. Se consideraba afortunada por ser
su esposa.


La fachada de
un hogar feliz

La pareja tenía un automóvil, comprado con dinero de
ambos (y la venta de la moto de  ella),
pero solo él lo conducía; “S” no tenía habilidad para hacerlo. Las ganancias
del negocio las administraba él, que le daba para los gastos de la casa, donde,
¡eso sí!, no faltaba nada.

Me llamaron la atención sus disculpas por cualquier
insignificancia (“Perdona”, “No me di cuenta”, “Es que soy tan torpe”).

Sentí su discurso incongruente. Datos aportados por
“T”, incluso en presencia de ella, confirmaron mis sospechas, y “S” terminó por
admitirlo: Su matrimonio era ficticio, incluso en el plano sexual (él tenía una
amante, pero lo comprendía, pues se sabía incapaz de satisfacerlo).

Más de una vez las amigas discutieron delante de mí
esos temas, pero “S” disponía de argumentos para justificar la situación.
Cuando aceptaba alguna de las críticas de “T” a la conducta de su marido,
enarbolaba una justificación definitiva: “Siempre no fue así”. Pero nunca pudo
poner un ejemplo de cuándo se había comportado diferente. Él tenía “su
carácter”, pero se desvivía por ella.


El síndrome de
Estocolmo

“Padece el síndrome de Estocolmo”, me explicó mi hija
cuando le conté el caso. “No es solo que sea abusada, es que ya no concibe la
vida de otra manera, ni se concibe a sí misma sin su abusador”.

Investigué sobre el síndrome y pregunté a mis
amistades, en especial mujeres. Aprendí que el fenómeno está más difundido y
actual de lo que imaginaba, y que la educación recibida en casa predispone en
no pocas ocasiones a ser víctimas de abuso.

Llegué a la conclusión de que la historia de “S”
debería ser conocida por muchas mujeres; acaso yo pudiera contribuir a
despertar la conciencia de quienes, cediendo aquí, concediendo allá, perdonando
este empujón o aquella ofensa, rebajando poco a poco la autoestima, cerrando,
en fin, los ojos a la realidad, terminan como mi amiga, no solo anuladas por un
manipulador y abusador, sino también convencidas de que son culpables de cuanto
les sucede y, por tanto, merecen el maltrato recibido.


La visión del
autor sobre la novela

Estocolmo no es la historia de mi amiga “S”; está
inspirada en hechos de la vida real y en datos aportados por la investigación,
pero no es un reportaje ni una biografía, mucho menos un texto de autoayuda,
sino una obra de ficción, una novela. Es una realidad construida a partir de la
extraliteraria, pero no un reflejo exacto de ella. He cuidado la psicología de
los personajes de modo que sean verosímiles en su actuar, pero siempre como
elementos del mundo ficcional en que los he puesto a vivir. Con esto quiero
decir que la obra es realista, pero no copia de la realidad: Es una obra de
arte, construida con las reglas de la obra de arte y con un fin artístico;
persigue, pues, el goce estético unido a la reflexión.

La novela se estructura en un “preámbulo”, dos
“jornadas”, un breve “intermezzo” aparentemente sin relación alguna con ellas,
y dos “epílogos”. La primera jornada presenta la historia de una mujer que va
cediendo partes de sí misma a la imagen que tiene, o le han inculcado, de la
relación de pareja. La segunda jornada muestra una investigación criminal en la
cual aparecen personajes de la primera; aunque se presentan elementos de una
novela policial (asesinatos, labor detectivesca…), no pretende incluirse en el
género, pues lo menos importante en la narración es el descubrimiento del
asesino. Cada una de esas cinco secciones tiene un cierre en sí misma, a la vez
que se imbrica con las demás y forma una unidad con ellas.

Por otra parte, si bien la novela trata del tema del
maltrato a la mujer, y en algún momento se asiste a una escena de violencia
física, esa no es la tónica de la obra, porque la intención no es describir el
abuso que deja marcas físicas, visibles, sino el otro, imperceptible, que anula
la personalidad de la abusada; una violencia silenciosa a la cual la propia
víctima se acomoda, hasta crear una “zona de confort” donde se siente segura,
convencida de que fuera de ese espacio no podrá vivir.


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