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De cómo se relacionan los libros y los autores con los textos y las maneras en que se escribe

Lourdes González Herrero.

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En esa temprana edad en que leía sin otras responsabilidades que las de los horarios domésticos, una alimentación adecuada y retener las tareas en la memoria, me bastaba leer, los trasgos de la literatura solo los compartía al acercarme a los libros. Eran, por eso mismo, trasgos ajenos. 

Eso suponía – y supone – varias ventajas: el sufrimiento que ciertas páginas me deparaban era controlable; los personajes estaban hechos y yo solo tenía que disfrutarlos; la única preocupación consistía en obtener los libros de algún modo; estaba libre del mundo editorial, tan caprichoso a veces; y, claro, el de criticar es siempre un ejercicio más fácil que el de crear.

Pero también suponía desventajas: no podía alterar el curso de un poema o de una novela; estaba desarmada ante los más disímiles sentimientos y ante las situaciones más adversas; debía atenerme a la elección ya realizada de las palabras; estaba, en fin, destinada a consumir lo preparado por otras manos.

Pienso ahora en esos tiempos como se piensa en el origen de la vida: algo lejano, extraño, irreversible.

Mis comienzos como escritora

Con algunas lecturas comencé a escribir poemas en 1972, no eran propuestas asumidas desde los libros, eran propuestas asumidas desde la necesidad de dejar claro para mí –en primera instancia– lo que ya sabía que no podía explicarme de otro modo. Fue un oficio aparentemente individual, con dos o tres personas cercanas que me servían de público. Corrí todos los riesgos que acechan a los escritores en el comienzo: dudas, inseguridades, criterios contrarios, etc…

Pero yo gozaba de la inmunidad que me concedían el no pensar nunca en esos comienzos en que fuera a ser una escritora “de verdad” y la falta de interés en publicar. Tuvieron que pasar catorce años para que mi primer poemario estuviera al alcance de mis manos en letras de imprenta. Creo que por eso el comienzo fue muy feliz.

Antes de esas experiencias primeras, me había gustado imaginar que era escritora para poder huir de mi realidad escribiendo, no tuve conciencia de haberlo logrado hasta hace muy pocos años, cuando de repente un día me di cuenta de que había escapado tantas veces como horas dediqué a escribir mis ocho libros y a pensar en ellos, y supe así que había logrado tergiversar, reinventar, contar, deformar mi realidad muchas veces, escribiendo.

La inspiración para escribir mis textos

En los inicios nunca busqué relaciones entre lo que escribía y lo que leía. Ni siquiera entre la idea inspiradora de mis textos y su posible origen en las lecturas. Necesité varios años para entender que todo es uno, que cada vez más nuestros libros se parecen a todos los libros, que somos una tribu deudora de todos los que nos han precedido. No solo de los escritores, sino de todas las personas que hemos conocido y de todas las historias, las geografías, las artes, del mundo animal, la cosmología, de todo, absolutamente.

He pensado mucho en los distintos puntos de enlace que suelo establecer con lo leído. La primera relación se infiere de todo lo escrito anteriormente. De ahí que mi vida esté desde temprano signada por otros escritores, marcada para la huida que es siempre un texto, y curiosamente, para el afán de permanecer que es siempre un texto.

A todos los libros leídos le debo la incondicional fe en la literatura, la paciencia encomiable que ofrecen en sus páginas, el signo de unión que representan, le esperanza inocente que otorgan.

La poesía de T.S. Eliot y sus sensaciones sobre mí

Trece años atrás encontré una traducción de La tierra baldía, de T.S. Eliot, que me permitió entenderla con mayor claridad. El brillante magisterio del poeta me condenó a decidir si realmente yo había nacido para la literatura, si debía sacrificar muchas cosas y apostar a ella como lo estaba haciendo. La sobriedad poética que emana de los textos de Eliot me provocaron un modo nuevo de pensar en la literatura, especialmente en la poesía. En estos textos parece como si el autor te ordenara: puedes escribir de cualquier forma, de cualquier tema, siempre que tu cerebro despejado y tu espíritu despojado te sostengan; puedes hacerlo siempre que tengas claro lo que haces y lo que piensas; nada te es negado, a menos que tú misma te niegues escribiendo.

Y yo escuché esas sensaciones y pensé mucho en la gravedad del compromiso con los temas que unes y con las palabras que empleas. Al final me rendí a la evidencia de no poder vivir ya sin la escritura. Me convencí de ello y lo más sabiamente que pude he seguido ejerciendo el oficio más raro de la Tierra: el de escritor.

Hoy vuelvo a la frialdad de Eliot muchas veces al año, para reconocer lo que la distancia de mis escritos, y, sin embargo, la coherencia con que él escribió me sigue admirando igual o más que cuando pude leer aquella traducción eficaz.

Las grandes lecciones de las lecturas de Eliot

No solo lo semejante resulta beneficioso, a veces encontramos lecciones en las escrituras más opuestas a las nuestras. La gran lección de Eliot fue para mí el descubrimiento de una libertad que en ocasiones nos negamos nosotros mismos.

Cuando él escribe: “¿Me haré una raya en el peinado? ¿Me atreveré a comer melocotón? Andaré por las calles con pantalones de franela blanca. He oído a las sirenas, una a otra se cantan. No concibo que canten para mí”, en su Canción de amor de J. Alfred Prufrock, nos convida a escoger las palabras que deseemos manteniendo con ellas el ritmo interior del poema y a que llevemos a cabo la reflexión que escogimos sin limitarnos en nuestras propias preguntas. Que lo hagamos sin descansar y que descansemos solo al terminar. Debió escribir por eso: “No buen viaje, sino adelante, viajeros”.

La lectura de Eliot tuvo una fuerte influencia, no sobre mis escritos, sino sobre mi forma de apreciar mi obra.

Las contribuciones de otros escritores a mi obra

Muy cercana a los textos que escribo, sin tiempo aún para los descartes finales ni para la gran decantación, sí estoy convencida de que muchos escritores me han permitido ver más allá, me han abierto puertas que permanecían cerradas para mí, podría hasta hacer una lista larga, pero en los almacenes que mi memoria posee unos a otros se mezclan y vuelven a mezclarse con constancia, impidiéndome cualquier acto de catalogación o registro. Ahí están, viven urdiendo planes para mí, me complejizan cada vez más mis propios textos y se divierten poniéndome obstáculos para ser vencidos: fin del ordenado árbol genealógico, caos del cual, con suerte, saldrán nuevos temas y luminosidades.

No siempre son excelentes ni están bien valorados los escritores que contribuyen al trabajo de otros escritores, a veces un simple registrador de datos nos señala un camino, o la lectura de un periódico nos ofrece un tema, múltiples lecturas nos ayudan a conformar otro territorio literario. Recuerdo que una vez, leyendo curiosidades históricas, advertí la importancia del comportamiento de un militar persa llamado Zopiro, un traidor singular, y escribí un texto que lo actualizaba y que luego fue bastante leído en su momento en mi país, agradezco esa lectura tanto como otras, sin diferenciarla. 

Uno de los poemarios con el que conseguí un premio mejor, tiene su origen en una lectura de los libros de Carlos Castaneda, ese profesor que se inició en los misterios de las tribus yaquis mejicanas, no eran libros merecedores de grandes elogios, cierto matiz comercial los embargaba, pero la filosofía que supuestamente enseñaba Don Juan, el brujo, y que Castaneda referenciaba, tenía una lógica tan fuerte, eran tan razonables sus cultos, que digerirlos, interiorizarlos y convertirlos en una nueva serie de poemas fue una grata, muy grata tarea.

Por eso siempre aconsejo a mis amigos, o a los escritores para los cuales realizo mi trabajo de editora, que no se pueden limitar las lecturas, ni etiquetarlas, y hablo de las lecturas que disfrutamos, que no las realizadas por un interés ajeno al placer.

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